Dejó el acero frío sobre la arena gris,
No por derrota ni por falta de valor,
Sino al ver que aquel peso que quebraba,
Su raíz pertenecía al mundo y no a su propio dolor.
Comprendió que los hilos de una lucha tan despiadada,
Se tejían muy lejos de su frágil corazón,
Y que cargar la culpa como una sola piel,
Era llevar en vano una ciega y vana ilusión.
No estás tú destinado a sostener el cielo,
Mientras la tormenta sacude tu viejo escudo;
Hay manos invisibles que reparan el piso,
Y rompen las cadenas de lo que parecía imposible.
Suelta ya la coraza, descansa en la verdad,
Que la carga pesada que hoy te quiebra,
La voz no exige tu destino ni tu soledad,
Hay brazos esperando para alzarla entre dos.
Deja tus preocupaciones al Señor, y él te mantendrá firme; nunca dejará que caiga el hombre que lo obedece.
Salmos 55:22
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