Hay preguntas que no encuentran respuestas,
Solo arañan el velo de lo callado,
Despiertan verdades que el alma esquiva,
Entre sombras que nadie osa confrontar.
El infierno no siempre ruge afuera,
Se enciende en la noche, dentro de ti,
Cuando el recuerdo revive el instante,
Donde un cruce de fronteras te aguardó.
Todo pendía de una sola elección,
Ese filo entre el ser y el desmoronarse,
El destino siempre estuvo en tus manos,
Un susurro que el tiempo no acalla.
Y no pensante ni elegiste distinto,
El murmuro persiste en la quietud eterna,
Esas cadenas de fuego que ata el alma,
Al borde del precipicio que solo tú forjaste.
No entiendo el resultado de mis acciones, pues no hago lo que quiero, y en cambio aquello que odio es precisamente lo que hago. Pero si lo que hago es lo que no quiero hacer, reconozco con ello que la ley es buena. Así que ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que está en mí. Porque yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza débil, no reside el bien; pues aunque tengo el deseo de hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo. No hago lo bueno que quiero hacer, sino lo malo que no quiero hacer. Ahora bien, si hago lo que no quiero hacer, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que está en mí.
Romanos 7:15-20
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