En la soledad mana la verdadera libertad,
Una llama interna que nadie apaga,
Quien aprende a estar solo,
Rompe el miedo que ata al alma en jaula.
No se sujeta al eco de voces ajenas,
Ni se queda por necesidad vacía,
El solitario avanza con su propia luz,
Invencible, sin ningún lazo que lo aten.
No se controla a quien no quiera,
Fluye libre como un río sin orillas,
Elige su sendero, sin ruegos ni promesas,
Porque su corazón no mendiga refugio.
Te escoge porque quiere, no porque precisa,
En la tranquilidad encuentra su corona,
La soledad es trono, no prisión oscura,
Donde la libertad eterna se recompensa.
Feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni va por el camino de los pecadores, ni hace causa común con los que se burlan de Dios, sino que pone su amor en la ley del Señor y en ella medita noche y día.
Salmos 1:1-2
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