Nadie te pidió que lo arreglaras,
Entraste sin invitación ni luz,
Te desgastaste en sombras ajenas,
Te jodiste por un peso que no es tuyo.
Lo llamaste responsabilidad amena,
Un golpe de orgullo y de deber,
Pero era una soga que te ahogaba,
Un eco vacío de tu dolor.
La paz llegó como un rayo claro,
No todo merece mis manos firmes,
Guardando mi fuerza para lo propio,
Dejando ir lo que no me llama.
Retirarte a tiempo, eso es poder,
Un acto valiente, no de cobardía,
En el silencio hallas tu corona,
Libre al fin de batallas perdidas.
Deja tus preocupaciones al Señor, y él te mantendrá firme; nunca dejará que caiga el hombre que lo obedece.
Salmos 55:22
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