En mi anatomía vibra tu nombre,
Es como un pulso que no sabe caer,
Y aunque el planeta cambie de forma,
Tu recuerdo me vuelve a encender.
Eres luz bajo noches cerradas,
Una flama que insiste en quedar,
Y en la bulla de tantas miradas,
Solo tu voz me enseña a respirar.
Si te vas, se me quiebra el silencio,
Si regresas, renace mi fe,
Porque habitas en lo más profundo de mi pecho,
Como un sueño del que no me quiero despertar.
Y aunque el tiempo deshaga los días,
Tu presencia me salva una y otra vez;
Eres parte de todas mis vías,
Eres fuego en mi frágil piel.
Llévame grabada en tu corazón, ¡llévame grabada en tu brazo! El amor es inquebrantable como la muerte; la pasión, inflexible como el sepulcro. ¡El fuego ardiente del amor es una llama divina!
Cantares 8:6
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